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El tiempo político: cuando las elecciones duran menos que los problemas

Cuanto más observo los debates sobre transición ecológica, más me interesa una pregunta que rara vez ocupa los titulares. No qué debemos hacer, sino cómo sostenerlo en el tiempo. Porque quizá el mayor desafío de nuestras democracias no sea decidir el futuro, sino mantener el rumbo el tiempo suficiente para alcanzarlo.
La política del largo plazo consiste en mantener el rumbo cuando los ciclos electorales invitan a cambiar de dirección. IA/R.Mateu La política del largo plazo consiste en mantener el rumbo cuando los ciclos electorales invitan a cambiar de dirección. IA/R.Mateu
La política del largo plazo consiste en mantener el rumbo cuando los ciclos electorales invitan a cambiar de dirección. IA/R.Mateu

Cuanto más observo los debates sobre transición ecológica, más me interesa una pregunta que rara vez ocupa los titulares. No qué debemos hacer, sino cómo sostenerlo en el tiempo. Porque quizá el mayor desafío de nuestras democracias no sea decidir el futuro, sino mantener el rumbo el tiempo suficiente para alcanzarlo.

Hay una idea que lleva tiempo rondándome la cabeza.

Quizá uno de los mayores problemas de nuestro tiempo no sea que no sabemos qué hacer.

Quizá el problema sea que no sabemos cómo sostenerlo.

Pienso en ello cada vez que leo sobre transición ecológica. Cada vez que escucho hablar de neutralidad climática para 2050, de restauración de ecosistemas, de adaptación territorial o de transformación energética.

Son objetivos que exigen décadas.

Décadas.

Y entonces me pregunto cómo encajan esos horizontes temporales en sistemas políticos que viven pendientes de la próxima elección, de la próxima encuesta o de la próxima crisis.

Porque la democracia tiene muchas virtudes. Entre ellas, una fundamental: permite corregir errores. Permite cambiar de rumbo. Permite sustituir gobiernos sin violencia.

Pero esa misma capacidad de corregirse constantemente tiene una consecuencia que rara vez discutimos: le cuesta mantener una dirección durante mucho tiempo.

No porque sea incapaz.

Sino porque fue diseñada para otra cosa.

El mundo se ha vuelto más lento de lo que pensamos

Vivimos rodeados de inmediatez.

Las noticias duran horas. Las polémicas, días. Las legislaturas, cuatro años.

Sin embargo, los procesos que realmente transforman una sociedad suelen moverse a otra velocidad.

Un bosque tarda décadas en recuperarse.

La pérdida de biodiversidad no se revierte de un año para otro.

Transformar un modelo energético requiere inversiones, infraestructuras, cambios regulatorios y consensos sociales que atraviesan generaciones políticas.

La naturaleza tiene sus propios tiempos.

Los territorios también.

Y sospecho que una parte de nuestros problemas surge precisamente del choque entre esos tiempos y el ritmo acelerado de la política contemporánea.

La democracia y el presente

A menudo se critica a los políticos por pensar demasiado en el corto plazo.

Es una crítica habitual. Y en parte comprensible.

Pero cada vez estoy menos convencida de que sea únicamente un problema de los políticos.

Quizá sea también una característica de las propias instituciones.

Las democracias modernas están organizadas alrededor de una pregunta permanente:

¿Qué quiere la ciudadanía ahora?

Y eso tiene sentido. Es una conquista democrática.

Lo complicado aparece cuando debemos responder a otra pregunta:

¿Qué necesitará la ciudadanía dentro de veinte o treinta años?

Las respuestas no siempre coinciden.

Y cuando entran en conflicto, el presente suele ganar.

La transición ecológica como prueba

Por eso la transición ecológica me parece tan interesante políticamente.

No porque sea únicamente un desafío ambiental.

Sino porque obliga a las democracias a enfrentarse a una pregunta para la que no tienen una respuesta evidente.

¿Cómo llegar al futuro que queremos?

¿Cómo se gobierna algo que tardará décadas en completarse?

¿Cómo se mantiene una dirección cuando cambian los gobiernos?

¿Cómo se construye continuidad en sociedades cada vez más fragmentadas?

¿Cómo se protege el largo plazo sin debilitar el control democrático?

Cuanto más pienso en ello, más me convenzo de que el verdadero desafío no es técnico.

Sabemos muchas cosas sobre energía, planificación territorial o conservación.

Lo difícil no es imaginar el futuro.

Lo difícil es permanecer el tiempo suficiente en una dirección para alcanzarlo.

Aprender a perseverar

Quizá por eso me interesa cada vez más la relación entre democracia y tiempo.

Durante años hemos hablado de participación, representación, transparencia o rendición de cuentas.

Son debates imprescindibles.

Pero tal vez haya otro que empieza a reclamar espacio.

La capacidad de perseverar.

La capacidad de sostener proyectos colectivos más allá de una legislatura.

La capacidad de pensar en escalas temporales que se parezcan más a las de los problemas que intentamos resolver.

No tengo respuestas cerradas.

De hecho, sospecho que nadie las tiene.

Pero sí la impresión de que una parte importante del debate político del siglo XXI se jugará ahí.

No en decidir qué futuro queremos, sino en averiguar cómo llegar hasta él.

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