Las sociedades contemporáneas disponen de más conocimiento científico que nunca sobre los grandes desafíos ecológicos de nuestro tiempo. Conocemos los efectos del cambio climático, los riesgos asociados a la pérdida de biodiversidad y las consecuencias de la degradación de los ecosistemas. Sabemos también que la transición energética y la transformación de nuestros modelos productivos son procesos inevitables si queremos garantizar condiciones de vida sostenibles para las próximas generaciones.
Sin embargo, entre el conocimiento y la acción existe una distancia que sigue resultando difícil de salvar.
La cuestión ya no es únicamente qué debemos hacer. La pregunta es otra: ¿tenemos las instituciones necesarias para hacerlo?
El problema del tiempo
La transición ecológica plantea una dificultad particular. Sus costes y beneficios se distribuyen de manera desigual en el tiempo.
Muchas de las decisiones que deben tomarse hoy exigirán inversiones, cambios regulatorios o modificaciones en los hábitos de producción y consumo cuyos beneficios no serán plenamente visibles hasta dentro de años o incluso décadas. Sin embargo, las democracias contemporáneas operan con horizontes temporales mucho más cortos.
Los gobiernos responden a ciclos electorales, a presupuestos anuales y a dinámicas políticas dominadas por la inmediatez. La atención pública se concentra a menudo en las urgencias del presente, mientras que los problemas ecológicos evolucionan en escalas temporales mucho más largas.
Esta tensión entre el tiempo de la política y el tiempo de los desafíos ecológicos constituye uno de los grandes retos de gobernanza del siglo XXI.
El conocimiento existe; la capacidad institucional no siempre
Con frecuencia se presenta la crisis ecológica como un problema de falta de información o de conciencia social. Sin embargo, en muchos ámbitos el diagnóstico está razonablemente establecido.
Las evidencias científicas son cada vez más robustas. Las tecnologías necesarias para avanzar en la descarbonización continúan desarrollándose. Existen experiencias internacionales que muestran caminos posibles.
Lo que sigue siendo más difícil es transformar ese conocimiento en políticas sostenidas en el tiempo.
La implementación de estrategias de largo alcance exige coordinación entre distintos niveles de gobierno, estabilidad regulatoria, capacidad administrativa y mecanismos que permitan mantener objetivos comunes más allá de los cambios de gobierno.
La cuestión es, por tanto, profundamente institucional.
Gobernar el largo plazo
Las instituciones no eliminan los conflictos políticos ni sustituyen el debate democrático. Su función consiste en proporcionar reglas, procedimientos y capacidades que permitan gestionar esos conflictos de manera eficaz.
Cuando hablamos de transición ecológica, la calidad de las instituciones resulta especialmente relevante.
La planificación estratégica, la evaluación de políticas públicas, la coordinación entre administraciones o la existencia de organismos capaces de generar conocimiento independiente son elementos que pueden contribuir a sostener decisiones que trascienden el corto plazo.
No se trata de reducir la democracia en nombre de la eficiencia. Se trata de fortalecer la capacidad de las sociedades democráticas para actuar sobre problemas cuya resolución requiere continuidad, aprendizaje y visión de futuro.
La transición ecológica como desafío institucional
A menudo se presenta la transición ecológica como una cuestión tecnológica o económica. Sin duda lo es. Pero también es un desafío político e institucional.
La transformación de los sistemas energéticos, la adaptación de las infraestructuras, la protección de la biodiversidad o la gestión de los recursos naturales requieren decisiones complejas que afectan a múltiples actores y niveles de gobierno.
La dificultad no radica únicamente en definir objetivos. Radica en construir instituciones capaces de sostener esos objetivos a lo largo del tiempo, incluso cuando cambian las prioridades políticas o aparecen nuevas presiones económicas y sociales.
Por ello, la transición ecológica puede entenderse también como una prueba de la capacidad institucional de nuestras democracias.
Pensar más allá del próximo ciclo electoral
Las democracias modernas han demostrado una extraordinaria capacidad para canalizar conflictos, garantizar derechos y proporcionar estabilidad política. Sin embargo, los desafíos ecológicos plantean una exigencia adicional: incorporar el largo plazo en sistemas diseñados, en gran medida, para responder al presente.
La cuestión no es únicamente qué futuro queremos construir. La cuestión es qué instituciones necesitamos para hacerlo posible.
Porque la transición ecológica no dependerá solo de la voluntad política, del progreso tecnológico o de la disponibilidad de recursos. Dependerá también de la capacidad de nuestras instituciones para actuar con visión de futuro, sostener compromisos en el tiempo y convertir el conocimiento disponible en acción colectiva efectiva.